La escena perfecta para hablar de gestión emocional
Vaya manera de comenzar el día…
Este martes impartía una formación sobre gestión emocional y estrés cuando me subí a un taxi para dirigirme a la empresa y preparar todo con tiempo. Eran las 8:15 de la mañana… ¡las 8:15! Y el conductor no dejó de quejarse durante todo el trayecto, era una queja constante en toda su carrera.
Se quejaba del tráfico, de la gente que cruzaba la calle, de los barrenderos, de las obras de Madrid, de los niños del colegio… pero lo más impactante no era únicamente lo que decía.
Eran sus gestos, los soplidos, los gruñidos, la tensión que transmitía. Todo aquello resonaba en mis oídos… y también en mi cabeza. Mientras lo escuchaba pensé: “Qué curiosa es la vida. Hoy tengo delante el ejemplo perfecto para la formación”.
Porque incluso estando entrenada en gestionar mis emociones y regularlas, podía notar perfectamente cómo mi energía descendía, cómo mi paciencia se agotaba y cómo mi estado de ánimo empezaba a cambiar.
Y ahí está precisamente una de las claves de la gestión emocional: Las emociones se contagian.
La queja constante también impacta en los demás
Muchas veces pensamos que la queja solo afecta a quien se queja. Pero no es así.
El enfado constante, la crítica permanente o el negativismo terminan impactando en el entorno. Las emociones reverberan, se expanden y terminan condicionando el clima emocional de quienes están alrededor.
Por supuesto, todos tenemos días complicados.
Todos podemos sentirnos cansados, frustrados o desbordados en determinados momentos. Eso es humano.
El verdadero problema aparece cuando la tensión, el enfado y la queja dejan de ser algo puntual y se convierten en una manera habitual de relacionarse con el mundo.
Ahí es donde aparece el desgaste emocional.

Qué ocurre en nuestro cuerpo cuando vivimos enfadados
Vivir constantemente reaccionando, criticando o despotricando tiene un coste emocional… pero también físico y biológico.
Cuando una persona permanece demasiado tiempo instalada en el enfado o la negatividad, su organismo funciona en un estado de alerta continua.
Y eso tiene consecuencias:
- Estrés sostenido.
- Cortisol elevado de manera constante.
- Sistema nervioso agotado.
- Mayor cansancio mental y físico.
- Relaciones personales más tensas.
- Menor capacidad para tomar buenas decisiones.
- Más errores y menor concentración.
- Sensación continua de agotamiento emocional.
Muchas veces no somos conscientes de cuánto impacta nuestra manera de estar en el mundo sobre los demás.
Nuestra actitud comunica mucho más de lo que creemos.

La gestión emocional también es responsabilidad relacional
La gestión emocional no consiste en reprimir emociones ni en estar feliz todo el tiempo.
Consiste en aprender a reconocer lo que sentimos, regularlo y decidir cómo queremos relacionarnos con los demás desde ahí.
Porque convertir la queja en un hábito termina robándonos energía, bienestar y calidad de vida.
Y no solo a nosotros.
También a quienes conviven, trabajan o comparten tiempo con nosotros.
Por eso la gestión emocional no es únicamente bienestar personal.
También es responsabilidad relacional.
La manera en la que gestionamos nuestras emociones influye directamente en el ambiente que creamos a nuestro alrededor.
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