Es esa voz que aparece para recordarte que tienes que ponerte ya con el gimnasio porque durante el verano te has pasado, que deberías pedir cita en la peluquería, que tendrías que haber dejado preparados los libros y materiales del colegio, que llevas demasiado tiempo sin llamar a aquella amiga, que cuando vuelvas tienes que ordenar los armarios, organizar la ropa de verano, ponerte a estudiar eso que dejaste pendiente o solucionar ese asunto que llevas semanas aplazando.Y cuando terminas con una cosa, aparece otra. Y después otra. Y otra más. Podrías seguir haciendo esa lista mental durante horas, porque el problema no es realmente la cantidad de cosas que tienes que hacer. El problema es la sensación de que todo depende de ti y de que, si tú no estás pendiente, algo terminará fallando.
Cuando el cuerpo desconecta, pero la cabeza sigue trabajando
Apuesto a que esta sensación te resulta familiar. Te vas de vacaciones con la intención de desconectar y, durante unos días, parece que lo consigues. Duermes más, bajas el ritmo, disfrutas de las conversaciones, de los paisajes, de la comida y de las personas que te acompañan. Incluso puede que haya momentos en los que realmente no pienses en nada de lo que te espera a la vuelta. Pero, de repente, mientras estás disfrutando de una cena, conduciendo hacia algún sitio o simplemente tumbada sin hacer nada, aparece septiembre en tu cabeza.
Y entonces empiezas a anticipar. Piensas en todo lo que tendrás que hacer cuando vuelvas, en lo que dejaste pendiente antes de marcharte, en lo que tienes que organizar y en lo que podría ocurrir si no te das prisa. Tu cabeza empieza a hacer listas, a ordenar prioridades y a buscar soluciones para problemas que, en muchos casos, todavía ni siquiera existen. Y quizá, sin darte cuenta, has pasado de estar de vacaciones a estar mentalmente preparando tu vuelta mucho antes de que llegue.
Esto puede ocurrir especialmente cuando estás acostumbrada a funcionar desde la exigencia. Cuando eres esa persona que suele estar pendiente de todo, que recuerda lo que los demás olvidan, que se anticipa a las necesidades de quienes tiene alrededor y que encuentra soluciones incluso antes de que alguien se haya dado cuenta de que existe un problema. Desde fuera puede parecer que simplemente eres una persona organizada, responsable y resolutiva. Y seguramente lo seas. Pero hay una diferencia importante entre utilizar esas cualidades cuando las necesitas y sentir que tienes que mantenerlas activadas permanentemente.
Porque cuando la exigencia se convierte en una forma habitual de vivir, descansar puede llegar a sentirse extraño. Parar puede generar cierta incomodidad. Delegar puede producir inseguridad. Dejar algo pendiente puede hacerte sentir que estás perdiendo el control. Y entonces sucede algo bastante paradójico: necesitas descansar, pero incluso tu manera de descansar está condicionada por la necesidad de tenerlo todo bajo control.
Quizá por eso hay personas que vuelven de vacaciones diciendo que están más cansadas que cuando se fueron. Han cambiado de lugar, han dejado temporalmente el trabajo y han reducido algunas obligaciones, pero su cabeza no ha dejado de gestionar. Porque hay un tipo de trabajo que nadie ve y que, sin embargo, consume una enorme cantidad de energía: el trabajo mental de estar pendiente de todo.
Nadie ve las conversaciones que mantienes contigo misma mientras haces la compra. Nadie sabe que mientras estás preparando la cena estás pensando en la cita que tienes que pedir, en el cumpleaños de la semana siguiente, en la reunión del colegio, en aquello que tienes pendiente en el trabajo o en el problema que alguien de tu familia te comentó hace unos días. Nadie ve las pequeñas decisiones que tomas constantemente, ni la cantidad de cosas que recuerdas para que todo funcione. Gran parte de tu trabajo ocurre dentro de tu cabeza. Y precisamente por eso es tan fácil que pase desapercibido, incluso para ti.
La vuelta de vacaciones y la necesidad de tenerlo todo bajo control
Quizá hayas llegado a pensar que eres así y que no puedes evitarlo. “Yo soy muy activa”, “me gusta tenerlo todo organizado”, “si no lo hago yo, no lo hace nadie”, “necesito tener las cosas previstas”. Son frases que probablemente hayas dicho más de una vez y que, en parte, pueden ser ciertas. Tener capacidad de organización, ser responsable o preocuparte por las personas que quieres no tiene nada de malo. De hecho, son cualidades muy valiosas.
La cuestión empieza cuando esas cualidades dejan de estar a tu servicio y empiezan a gobernarte. Cuando ya no organizas porque te ayuda, sino porque necesitas sentir que todo está bajo control para poder estar tranquila. Cuando ya no haces las cosas porque has decidido hacerlas, sino porque aparece dentro de ti una obligación constante que te dice que deberías estar haciendo algo más. Cuando incluso después de haber hecho suficiente sigues teniendo la sensación de que no has hecho bastante.
Y quizá aquí haya algo interesante que revisar: no todo lo que haces para sentirte segura te proporciona realmente seguridad. A veces el control simplemente consigue que estés permanentemente alerta. Intentas anticiparte a todo para evitar que algo salga mal, pero la vida tiene una costumbre bastante incómoda: seguir sucediendo aunque tú hayas hecho todos los planes posibles.
Puedes organizar mucho y aun así habrá imprevistos. Puedes anticiparte a determinadas situaciones y aun así aparecerán otras que no podías prever. Puedes responsabilizarte de muchas cosas y, sin embargo, habrá decisiones que corresponderán a otras personas. Y puedes intentar sostenerlo todo durante mucho tiempo, pero eso no significa que tengas que hacerlo.
Quizá la vuelta de vacaciones no te pide que hagas más
Por eso me parece interesante plantear esta vuelta de vacaciones desde otro lugar. Septiembre suele llegar acompañado de una especie de obligación colectiva de volver a empezar: recuperar rutinas, ponerse en forma, comer mejor, organizar la casa, retomar los estudios, ponerse al día en el trabajo, hacer planes y establecer nuevos objetivos. Y no hay nada malo en querer recuperar hábitos o plantearte nuevas metas. El problema aparece cuando septiembre se convierte en otra oportunidad para exigirte más de lo que necesitas.
Quizá este año puedas probar algo diferente. En lugar de preguntarte únicamente qué tienes que hacer cuando vuelvas, pregúntate también qué puedes dejar de hacer, qué puedes delegar y qué cosas no necesitan ser resueltas inmediatamente. Porque quizá no necesitas volver con una lista interminable de propósitos. Quizá necesitas volver con algo de espacio mental.
No significa que tengas que convertirte en una persona despreocupada ni que dejes de ser responsable. Tampoco significa que abandones tus objetivos o que dejes de cuidar a las personas que quieres. Significa aprender a distinguir entre responsabilidad y sobrecarga, entre organización y control, entre cuidar y hacerte cargo de todo. Y esa diferencia puede parecer pequeña, pero puede cambiar muchísimo la manera en la que vives.
Quizá puedas aceptar que algunas cosas estarán pendientes durante unas horas y no pasará absolutamente nada. Que no tienes que contestar todos los mensajes inmediatamente. Que no tienes que solucionar hoy lo que puede esperar a mañana. Que hay asuntos que pueden compartir responsabilidad con otras personas y que no todo tiene que pasar necesariamente por ti. Y, sobre todo, que descansar no debería convertirse en otra tarea que hacer correctamente.

La vuelta a la rutina también puede ser una vuelta a ti
Tal vez este septiembre pueda servirte para observar esa voz interna que te acompaña. No necesariamente para intentar hacerla desaparecer, sino para empezar a cuestionarla. Cuando aparezca ese “tengo que”, quizá puedas detenerte un segundo y preguntarte si realmente tienes que hacerlo ahora. Cuando aparezca el pensamiento de “si no lo hago yo, no se hará”, quizá puedas comprobar si eso es realmente cierto. Y cuando aparezca la necesidad de volver a tenerlo todo perfectamente organizado, quizá puedas recordar que la tranquilidad no siempre nace de controlar más; en muchas ocasiones nace precisamente de aprender a confiar.
Porque hay algo que quizá hemos olvidado: no necesitamos estar permanentemente al mando para que nuestra vida funcione. Podemos seguir avanzando sin correr. Podemos ser responsables sin responsabilizarnos de todo. Podemos cuidar sin olvidarnos de nosotros mismos. Podemos tener objetivos sin convertir nuestra vida en una lista de tareas. Y podemos descansar sin sentir que tenemos que merecerlo antes.
Quizá por eso volver de vacaciones no tenga que significar volver exactamente a la persona que eras antes de marcharte. Puede ser una oportunidad para preguntarte si quieres seguir viviendo al mismo ritmo y con la misma exigencia. No porque todo lo que hacías estuviera mal, sino porque quizá algunas cosas que en otro momento te ayudaron ahora están empezando a pesar demasiado.
Y puede que ahí esté uno de los aprendizajes más interesantes de este comienzo de temporada: no siempre necesitamos hacer más para avanzar; a veces necesitamos soltar aquello que llevamos demasiado tiempo sosteniendo.
Así que cuando septiembre vuelva a llenarte la cabeza de listas, obligaciones y cosas pendientes, quizá puedas hacer algo muy sencillo antes de ponerte manos a la obra: parar un momento y preguntarte qué es realmente importante, qué puede esperar y qué no depende de ti. Puede que descubras que no necesitas recuperar el control de todo. Puede que simplemente necesites recuperar el contacto contigo.
Porque quizá el verdadero descanso no consiste únicamente en alejarnos durante unos días de nuestras obligaciones. Quizá también consiste en aprender, aunque sea durante un rato, a dejar de sentir que tenemos que estar pendientes de todo.
Y quizá esta vuelta de vacaciones no necesite que vuelvas con más fuerza, más disciplina o más exigencia.
Quizá necesites volver un poco más ligera. 💜
Mi mantra para septiembre
No necesito tenerlo todo bajo control para estar bien. Puedo ocuparme de lo que depende de mí y dejar espacio para que la vida haga también su parte. Puedo avanzar sin correr, descansar sin sentir culpa y aceptar que no todo tiene que estar resuelto hoy. Este septiembre quiero seguir creciendo, pero no a costa de exigirme más, sino aprendiendo a confiar un poco más y a sostener un poco menos.
Porque vivir mejor no siempre significa hacer más.
A veces significa dejar de sentir que todo depende de ti.
¿Te ha pasado este verano? ¿Has sentido que tu cuerpo estaba de vacaciones, pero tu cabeza seguía trabajando a 200 kilómetros por hora? Me encantará leerte en comentarios. 🫶🏻
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